miércoles, 17 de agosto de 2016

El país necesita educar en la transparencia



Rafael Lucio Gil *


La educación es, por naturaleza, desarrollo integral de la persona, tanto en sus capacidades personales, físicas, cognitivas, emocionales y espirituales como en su dimensión relacional, social y ciudadana. De alguna manera, es también completitud que se ha de transparentar hacia los demás, hacia la comunidad.
El tema de la transparencia es un tema recurrente desde hace décadas, y más que atenuarse, pareciera agravarse cada día.
Su ausencia se traduce en consecuencias nefastas para el país, sus instituciones y la sociedad en general. Y es que, raramente el tema forma parte de las agendas educativas, como si por naturaleza se tratara de una virtud innata, ya asegurada en cada persona. Los griegos tenían la palabra “parhresia”, de inmenso contenido semántico que significa “decir verdad”. Tal concepto se ha ido diluyendo a lo largo de los siglos hasta nuestros días. Las versiones que se han hecho de ella en el plano político y empresarial, han venido reduciendo este significado profundo de la transparencia, a algo mucho más simple y superficial.
Son varios los ámbitos y formatos que están llamados a desarrollar esta virtud de la transparencia, este “decir verdad” de uno mismo y de sus acciones. Se trata, más allá de meras formalidades y apariencias, de consistencia y coherencia entre el ser, el tener y la práctica cotidiana en todos sus ámbitos personales, sociales, económicos, culturales y espirituales.
No se trata solo de que la escuela se haga cargo de esta educación, que lo deberá hacer, claro está; se trata, también, de que se logre desde la familia, desde la sociedad misma. Pero también desde las responsabilidades de los actores políticos y gubernamentales, que toman decisiones relevantes en el manejo del quehacer y los recursos que son propiedad de la nación.
La transparencia no se agota aquí, también demanda de los medios de comunicación divulgar el quehacer de interés social, con claridad, responsabilidad, honestidad, sin encubrimientos interesados, manipulaciones o deformaciones, ateniéndose solo a la verdad.
Desde la familia, esta educación de la transparencia cobra muchísimo realismo y fijación en el subconsciente y consciente de hijos e hijas. Cuando estos perciben la mentira, la doble moral, la infidelidad, en suma, la falta de transparencia de los padres, esta nefasta influencia perseguirá a lo largo de toda la vida a hijos e hijas.
Desde quienes dirigen el país y sus instituciones, la transparencia no solo tiene que ver con el buen uso de los recursos patrimoniales y económicos que les han sido confiados, sino también ha de cruzar todo su actuar, dirigido en todo momento a dar cuentas de su quehacer a la sociedad, a la ciudadanía; de sus resultados, de la información a la que tiene derecho todo el país.
Su razón de ser no es el poder sino el servicio, de manera que cuando responden solo desde el poder, su cargo se desnaturaliza y lanza al entorno nacional, en especial a adolescentes y jóvenes, un mensaje contradictorio que cala profundamente en ellos, e influye mucho más en sus conciencias que los contenidos curriculares y discursos que se enseñan en la escuela.
Cuando la información se deforma o se restringe en honor a beneficiarse con intereses políticos, y no para el servicio de la población, se traiciona la transparencia y a la gente, convirtiéndose en una escuela abierta de enseñanza de antivalores. Esta traición a no “decir verdad”, acaba aportando a una subcultura profundamente destructiva del tejido social y de los valores de la nación.
Cuando los medios de comunicación responden a intereses políticos específicos empresariales interesados y no a la autenticidad de la verdad de la información, adolescentes y jóvenes reciben también un mensaje profundamente contradictorio, abundando mucho más a la creencia de este currículum oculto, que al discurso y contenidos escolares. Estos, frente a esta pugna de sentidos y significados, acabarán por creer que lo importante es “abundar al discurso de la transparencia, pero falsear y distorsionar los contenidos de la información”.
El ámbito escolar ha de ser el currículum viviente de la transparencia en todas sus venas y poros. En tanto, los contenidos y competencias curriculares se van desplegando en las aulas, la virtud y valor de la transparencia se debe convertir en la esencia de toda la gestión escolar, tanto desde las direcciones como desde las aulas. Transparencia es, también, no tergiversar el currículum, “decir verdad” en todo el quehacer, transparentar compartiendo con el profesorado y alumnado los fines, objetivos y procesos educativos; contar bien las estadísticas de cuantos alumnos reales están en las aulas; reflejar “con verdad” los avances, pero también los vacíos y desafíos. Infundir al profesorado la motivación que proporciona tomar en cuenta sus necesidades y demandas y responder a ellas “con verdad”. En fin, se trata de convertir la transparencia y honestidad en un axioma imprescindible para alcanzar la calidad de la educación, de la que tanto se habla.

 28 Febrero 2016  |

Eduquemos para la comprensión


Rafael Lucio Gil    IDEUCA

Cuando la acción educativa atraviesa todas las fibras de la comprensión, se convierte en una acción, no solo de completación de la persona que es educada, sino también de quien educa, pero sobre todo, es fuente de autonomía, pensamiento crítico y libertad.

De esta manera, la educación como un derecho natural se convierte en la mejor razón para crecer en capacidades, comprensión de la realidad, y actuación libre y soberana. 

Se logra, de esta manera, el desarrollo de la autenticidad de la persona, de sus capacidades de pensar y decidir con libertad, de tomar opciones y decisiones, desarrollando no sólo sus capacidades cognitivas, sino también las metacognitivas y autorreguladoras, estrategias superiores de aprendizaje.

Una educación que se centra en la comprensión, respeta profundamente a la persona, le proporciona oportunidades de aprendizaje que estimulen al máximo sus sentidos y capacidades cognitivas, le reta al análisis, la confrontación y argumentación de ideas, contribuyendo al compromiso social y ciudadano efectivo con la verdad, la honestidad y la transparencia.

Educar la comprensión demanda de una enseñanza inicial capaz de contribuir a que niños y niñas aprendan con fluidez a leer y a comprender reflexionando críticamente sobre lo que leen. Cuando esta capacidad se retrasa o no se logra, como suele ocurrir en gran cantidad de niños y niñas que pasan de grado, llegan a la secundaria y después a la universidad sin leer con fluidez ni comprensión, todas sus aspiraciones como personas acaban por frustrarse.

Tales limitaciones operan como la peor cara de la pobreza, obstruyendo toda posibilidad de formación profesional de calidad e integralidad. Esta matriz profundamente obstaculizadora, continúa poniendo en grave riesgo la posibilidad de que el país logre un desarrollo humano realmente inclusivo, afectando severamente los diferentes componentes de la cultura, y profundizando la distancia entre quienes tienen las mejores oportunidades educativas, y quienes reciben educación en pobreza, pobre para los pobres.

La falta de comprensión limita entender su propia existencia. La educación no prepara ni ayuda a comprenderse a sí mismo. Viven los educandos a merced de lo eventual, pasajero, coyuntural; evitan reflexionar sobre su vida, su futuro. Sin educarse en adoptar metas propias, los adolescentes crecen sin futuro, sin saber optar ni tomar decisiones. Cuando esto sucede, es porque la educación que reciben promueve superficialidad, mediocridad, dependencia e imposibilidad de discernir ni emitir sus propios argumentos.

Si no se educa la comprensión se impide el aprendizaje de la reflexión, la introspección; se vive superficialidad, mediocridad, acción sin compromiso certero, atavismo de la inmediatez, interés por lo superfluo, pérdida de significado, actuación sin prever responsabilidades por consecuencias, ceguera ante la profesión y la vida.

La falta de educación para la comprensión imprime a las vidas jóvenes anomia frente a las urgencias del pensamiento crítico, la toma de decisiones conscientes; de aprender a pensar, argüir, cuestionar, de formar criterio, canalizar los temperamentos formando el carácter y a de voluntad. Al final, aceptan dimiten para que otros piensen y no ellos, frustrando su capacidad de realización como personas libres y pensantes. Su cultura se trastoca, permitiendo colonizar su mente y pensamientos, perdiendo identidad. Viven en burbujas ajenos a todo, a su ignorancia e imposibilidad de determinación.

La educación sin comprensión transmite un currículum no situado, desconectado de la realidad. Se exponen y copian contenidos ausentes de contactos reales. Los saberes no se discuten ni construyen, se copian, se replican sin significado. La pedagogía y didáctica utilizadas son huecas, interioristas, ajenas a problemáticas del entorno; los saberes se acumulan para el examen, no para la vida; la brecha sociológica entre aula, cotidianeidad comunitaria y el país se agranda. Los modelos positivos y negativos de instituciones y sociedad no ingresan al currículum. El saber libresco, mecánico, sin significado ni sentido, predominará y con buenas calificaciones.

La educación sin comprensión, mejor cómplice de la imposibilidad de adquirir valores positivos. Ingresan al centro educativo contravalores de acoso y violencia, sin reflexión crítica y superación. Los valores emitidos en el discurso simbólico tienen en el currículum oculto del contraejemplo de instituciones, clase política y familias, su mejor argumento para no practicarlos.

Cuando la comprensión y la reflexión crítica no campean en las aulas, los medios de difusión y la mala utilización de la tecnología dominan ante el silencio pedagógico, incapaz de enfrentarlos y convertirlos en los mejores socios.

Por último, si la educación no enseña a comprender y discernir las veleidades políticas, tampoco los adolescentes estarán preparados para debatir libremente, con sentido crítico y propositivo, cuando se les induce a no pensar, y simplemente se manipule su pensamiento para aceptar imposiciones sin restricciones. Frente a la despersonalización, la razón. Frente a la razón de la fuerza, la educación está llamada a fortalecer la fuerza de la razón.

14 de febrero 2016

Urgencias principales de la Educación en 2016



Rafael Lucio Gil*


El tiempo y las demandas sociales a la educación se suceden con gran rapidez, no esperan. La brecha entre las necesidades del país y el aporte de la educación se agranda cada día. En términos matemáticos, mientras las demandas del país y el mundo global avanzan en progresión geométrica (multiplicando), la educación lo hace como progresión aritmética (sumando). Frente a macroproyectos y dinámicas de grandes dimensiones que se plantean al país, su soporte educativo es enclenque. Este nuevo año nos demanda emprender cuantiosos esfuerzos, unir voluntades y compromisos compartidos para que la educación deje de ser parte del problema y sea parte de la solución.
En este artículo nos limitaremos a plantear algunas de las varias urgencias de la educación. El principal enemigo para superarlas será el proceso eleccionario en que ya se ve envuelto el país. Ojalá logremos que el mismo sirva para poner en primera fila la educación como la mejor inversión de futuro y no como gasto. Ninguna de estas urgencias se podrá concretar, mientras la educación no se convierta en una responsabilidad compartida por todos los sectores, con amplia participación, sin dogmatismos ni intereses ajenos. Serán posibles como parte de un Pacto Educativo Nacional, que trascienda intereses partidarios.
Primera urgencia: Lograr la Educación como Derecho en toda su integralidad. No basta con mejorar el ingreso aún insuficiente; con ello apenas se logra el primer escalón de este derecho. La matrícula es un buen momento para lograr la inclusión, pero aún lo es más el logro de un trayecto educativo inclusivo. Si incluimos pero con condiciones precarias en los centros educativos, no lograremos más que la asequibilidad y en parte la accesibilidad de las cuatro A que Catherine Thomachevski propuso a la ONU. Falta avanzar en la inclusión interna, afianzando las otras dos A: adaptabilidad y aceptabilidad. La equidad demanda proporcionar a todo el alumnado la educación que necesita, y la calidad con el desarrollo de las competencias que requiere. En correspondencia,  necesitamos superar el discurso de una educación como un regalo gubernamental,  y abrazar responsablemente la práctica de la educación como un derecho inalienable. Es una obligación del Estado, no un regalo. Limitar la equidad solo al acceso es “incluir para excluir”.
Segunda urgencia: La educación como la mejor inversión de futuro. Hasta ahora, el presupuesto del Mined 2016 como porcentaje del PIB no pasa de 3.4%, y 0.1% para Inatec mientras la última Cumbre Mundial de Educación (Corea del Sur) plantea el 6% y algunas décadas previas la Unesco señalaba hasta un 7%. Este estancamiento no se corresponde con una Educación como derecho. A esto se añade que la ejecución del presupuesto no supera el 65%, lo que resta más a este derecho. Esta realidad impide que las condiciones físicas, ambientales, didácticas y metodológicas actúen en contra de la calidad y del derecho en definitiva. Es la educación un pilar fundamental de la productividad, el desarrollo económico y el desarrollo humano. Seguir poniendo el foco en otros pilares será mentirle a la nación.
Tercera urgencia: Superar el abandono, el fracaso educativo y la repetición: Aunque los datos oficiales no están claros, sabemos que más del 30% de niños no concluyen la primaria (50% rural, 20% urbana) y que de los que inician la secundaria, la situación es similar. Mientras el país no tome conciencia de que estos altos niveles de ineficiencia educativa representan un problema histórico grave a solucionar, será el propio aparato educativo el que continúe generando analfabetas y contribuyendo a la réplica permanente de la pobreza. Este abandono va de la mano con el fracaso escolar. Ambos responden a factores asociados cuya solución demanda responsabilidad proporcionalmente compartida por la institución escolar, la familia y las condiciones socioeconómicas y culturales del entorno. Pero es la institución educativa quien debe encabezar los esfuerzos para su superación. Tomar en serio esta problemática endémica, supone que todo el país se ubique en estado de educación, atreviéndose a realizar una revolución educativa por el derecho a la educación y superando este escollo.
Cuarta urgencia: Una educación pertinente y de calidad para la libertad. Esa revolución educativa se ha de mover en torno a proporcionar una educación de calidad. La calidad es integral, demanda procesos, no solo resultados; aporta formación en valores, capacidades lógicas, de argumentación, de pensamiento crítico; capacidad para aprender a disentir y tomar decisiones autónomas, superando el lema que pareciera estar en acción --“siéntese, cállese y copie”--. Todo pareciera disponerse en los centros para que se imponga la opción político-partidaria, la presión para que los maestros sean inductores políticos y no propiciadores de la libertad de opción, reforzando el ambiente “letrado” más con propaganda política que como entorno favorecedor de aprendizaje, la libertad y autonomía, tal como corresponde a una educación en y para la libertad, no para la sumisión. La calidad demanda mediadores y condiciones esenciales inexistentes que por lo general: libros de texto para todos, biblioteca actualizada, medios didácticos, acceso a tecnología generalizado, aulas con ambientes letrados.
Quinta urgencia: Tratamiento profesional al personal docente, con énfasis en la formación constante. Sus salarios actuales no cubren la mitad de la canasta básica (salario cercano a 5,719 córdobas). La pobreza del magisterio contrasta con exigencias de calidad, paradoja  vergonzosa. Aún la mayoría de maestros son empíricos (64% preescolar, 24.4% primaria, 42.4% secundaria). Los esfuerzos actuales del Mined para superar esta deuda histórica son insuficientes. Se requiere más formación pero diferente. Esta debe contar con características especiales, y responder a los avances de las ciencias de la educación, debiéndose orientar hacia el cambio y la innovación constantes. Quizás el principal problema actual de esta formación sea su tradicionalismo a lo que se añade una fuerte carga político partidaria. Rescatar la profesión docente de este escenario es imperativo categórico de la calidad educativa. 

*Ideuca

24 de enero 2016